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¿Cuándo se debe trasplantar una planta?

El trasplante de las especies ornamentales es una operación que ha de realizarse de forma regular para garantizar unas condiciones de crecimiento adecuadas. Cuando las raíces llegan a ocupar toda la tierra y comienzan a crecer por los huecos entre la maceta y la tierra, es conveniente traspasar la planta a una maceta de mayor tamaño. Este proceso debe efectuarse una vez al año en el caso de macetas pequeñas, es decir, de hasta 16-18 cm de diámetro. Por el contrario, cuando se trata de macetas más grandes y/o cuando las plantas son de crecimiento lento, este traspaso se puede realizar cada dos o más años. Este es el caso, por ejemplo, de las plantas suculentas. Para plantas más grandes que ya se encuentran en macetas o cajones lo suficientemente grandes para contener la máxima expansión de las raíces, esta operación no es necesaria. Sin embargo, en estos casos sí que es recomendable renovar la capa de tierra más superficial con regularidad anual.


¿Cuál es la mejor época para trasplantar?

El mejor momento es en primavera o finales de otoño, hasta la primera llegada del frío invernal. Esto se aplica a todas las plantas, ya sean de exterior o de interior. Por norma general, estas últimas son de origen tropical, por lo que no cuentan con un periodo de inactividad propiamente dicho, sino que en nuestras latitudes responden de forma positiva al aumento de luz natural de los meses primaverales. Por otro lado, es conveniente evitar el trasplante cuando la planta se encuentra en reposo vegetativo ya que las raíces no explorarían la tierra inmediatamente y el consiguiente estancamiento de humedad favorecería la putrefacción de las mismas.


¿Cómo se lleva a cabo el trasplante?

– Riega generosamente la planta dos o tres días antes de proceder al trasplante. Esta operación es necesaria para preparar las raíces, pues si se encuentran bien hidratadas, sufrirán menos estrés;
– Después de un par de días, extrae la planta de la maceta;
– Con las manos, desenreda las viejas raíces prestando atención a no romperlas y eliminando los restos de tierra;
– Si fuera necesario, utiliza unas tijeras limpias y afiladas para retirar las partes deterioradas o ennegrecidas de las raíces;
– Coloca una capa de arcilla expandida en el fondo de la maceta para evitar que se taponen los orificios de drenaje (mínimo 3-4 cm);
– Rellena los huecos vacíos con tierra presionando suavemente;
– Riega ligeramente para favorecer el asentamiento.


¿Cuál es la tierra más adecuada?

En el mercado existen muchos preparados: algunos universales (aptos para diversos usos), y otros más específicos con materias primas seleccionadas para usos más concretos. Las pautas que se han de seguir a la hora de elegir un producto para el cultivo en maceta comparten ciertos criterios comunes basados en el respeto de la fisiología de las raíces. Las raíces de las plantas son el motor del crecimiento, pues se encargan de la absorción del agua y los elementos nutritivos; y para que la absorción sea eficiente, estas deben respirar. Por respiración nos referimos a un proceso fisiológico que consume oxígeno y produce dióxido de carbono, esto es, lo contrario a la fotosíntesis clorofiliana de las hojas. Por consiguiente, en el sustrato de cultivo debe quedar una capa de aire permanente para las raíces. Para ello, la tierra debe contar con una estructura (granulométrica) adecuada. Cuanto más grande sea la maceta que vamos a utilizar, mayor tendrá que ser la granulometría de las partículas. En el caso de macetas grandes, es preferible emplear tierras fibrosas o enriquecidas con materiales inertes (pómez, perlita, etc.). Para macetas de menor tamaño, se puede utilizar una tierra más fina.


¿Existe alguna disposición previa que maximice las prestaciones de la tierra?

En la preparación de la tierra, esta viene sometida a una compresión mecánica que deteriora parcialmente su estructura. Además, durante el periodo de almacenamiento antes del uso, puede deshidratarse adoptando un comportamiento hidrofóbico (dificultad para absorber el agua de riego). Es por ello que, una vez abierto el envase, se recomienda regar la tierra y mezclarla con las manos. A continuación, con la ayuda de un pulverizador, se puede añadir un poco de agua para humedecerla y eliminar la posible hidrofobia. Estas operaciones se pueden realizar en tan solo unos minutos sobre una repisa normal cubierta con papel de periódico.


¿Las características químicas de la tierra pueden afectar al resultado final?

Las características químicas de la tierra deben reflejarse obligatoriamente en la etiqueta del envase. En concreto, los valores de mayor importancia son el pH y el índice de conductividad eléctrica, que nos informa de forma indirecta sobre el contenido salino. Las plantas poseen una fisiología muy diversa, por lo que su tolerancia en relación al pH y a la salinidad también variará. Un alto nivel de salinidad puede obstaculizar la normal absorción del agua y los nutrientes. Estos niveles se dan sobre todo en tierras de tipo universal, las cuales se emplean, además, en otras aplicaciones diferentes al trasplante (ej. plantación en tierra, etc.); no obstante, esta condición no se da en todos los casos. Se ha de tener en cuenta la rusticidad de la planta antes de trasplantarla o, en caso de duda, seleccionar un producto específico indicado para la familia a la que pertenece. Las plantas acidófilas (Azaleas, Camelias, Rododendros, Brezos, etc.) que necesitan pH ácidos (bajos, con valores por debajo de 6,0) también necesitan cuidados especiales. Así pues, en este caso también es aconsejable hablar de productos muy específicos.


¿Es conveniente abonar después o durante el trasplante?

Todos los preparados del mercado contienen los suficientes elementos nutritivos para ayudar al crecimiento de las plantas durante algunas semanas. Un aporte adicional de abono puede ser contraproducente, aumentando la salinidad y obstaculizando la absorción. De este modo, se recomienda no abonar la planta durante las 3-4 semanas sucesivas al trasplante. Una vez pasado este periodo, cuando los elementos nutritivos contenidos inicialmente en la tierra ya se hayan consumido, se podrá abonar empleando fertilizantes diluidos en el agua de riego, o bien fertilizantes granulares aplicados en la superficie de la maceta.